La milanesa fría. Un palito salado en el piso. Una hoja del libro de cuentos mojada con jugo de naranja. Una lechuza colgada al revés. El capuchón, sólo el capuchón. El cuaderno. El cochecito-tobogán dado vuelta. La llave mal puesta en la cerradura. La silla adelante del espejo. Por acá pasó mi hija.
La cocina con olor a comida. El teléfono que parpadea. La camisa de trabajo. El bolso en el sillón. La billetera arriba de la caja. La ventana abierta. Las huellas de mi marido.
La computadora encendida. Las teclas que suenan. La luz tenue. Escucho que me llaman. "Amor... a dormir..." y otra vocecita también viene de por ahí: "Mamá a la cama, mema plin plin"
...que gente inspirada. Lo inspirado se transforma en inspirador automáticamente. Lo que me contagia es la emoción, más que la misma acción. O algo anterior a la acción y al pensamiento, algo relacionado con lo divino, en un nivel espiritual. Cuando alguien está inspirado emana Dios por los poros. La creación se refleja en la conexión con lo único, lo original. Lo original es conexión con Dios, con lo que nos hace irrepetibles. "Mattieu Ricard, científicamente feliz" "...Un grupo de científicos de la Universidad de Wisconsin, dirigidos por Richard Davidson, decidieron convertirlo en sujeto de estudio científico. Llegaron a la conclusión de que el cerebro del monje budista nacido francés creaba rayos gamma y otras partículas que tenían algo muy precioso y particular... una capacidad única y excepcional de ser feliz..." Y cuando leo esto, me dan ganas de ser feliz. Cariños.
Nadaba como una sirena, con pequeños empujones me deslizaba
bajo el agua sin esfuerzo: movimientos tan suaves y precisos,
movimientos perfectos bajo al agua.
La profundidad se rozaba fría sobre mi piel aterciopelada y transcurría
naturalmente el tiempo sin ahogos.
Mi compañero me encontró y saltamos fuera del agua, quedamos parados
uno en frente del otro.
Instantes eternos, suspendidos en un reflejo de sal y sol. Fue ahí mismo
donde nos abrazamos, dando vueltas en el aire, y caímos al agua sin
impacto para nadar juntos. Él a mi lado, yo feliz. Sé que era feliz porque la
plenitud del momento me dictó al oído poemas de sirenas.
Tomó mi mano y nadamos con más fuerza. Cuando despegamos del
agua en la orilla y caímos al pie de una montaña firme e inmóvil, corrimos
hacia las piedras, corrimos sin cansancio, riendo, gritando, cantando melodías
olvidadas.
Trepamos la montaña velozmente, cada vez más pegados por necesidad
de sentirnos y tocarnos. Un abrazo nos frenó y chocamos con las piedras,
entramos en la montaña al ritmo de su música.
Abrazos y más abrazos para ingresar uno en el otro, para unirnos de
verdad. Me recorrió un cosquilleo inesperado y caliente que agitaba la
sangre. Labios de miel. Retomamos el camino y de un salto caímos en una
pradera verde: campo libre para correr, para tropezar, girar y seguir corriendo.
La pradera se movía hacia atrás haciéndonos correr más rápido.
Siempre de la mano con mi compañero, despegamos al vuelo de un
pájaro que nos cruzó por delante. Sus brazos se hicieron alas y el suelo se
alejaba de nuestros pies. Las flores se hacían miniaturas y las nubes nos
daban la bienvenida rociándonos la cara con una brisa fresca y viento.
Seguíamos en vuelo y no vi mis alas, no sentía mis brazos, fue libertad
sin vértigo. No había límite para mi alma, ya no distinguía donde comenzaba
mi cuerpo: vamos más alto.
Extraído de mi libro Manzanas Maduras y otros Relatos
Para mi lo más lindo de contar una anécdota es el retorno. Cuando contamos una historia, la propia, a medida que nos vamos adentrando vamos re-descubriendo sonidos, palabras, aromas.
Mi papá escuchaba cumbia. Agarrate Catalina, los recuerdos que tengo para contarte. Escuchaba cumbia, mucha y muy alto, con el volumen muy fuerte. Me sabía las letras de las canciones de Miguel "Conejito" Alejandro, Karicia, entre otros inmortales del ritmo. Mi viejo tenía unos "bafles", así les llamaba él, marrones, enormes -claro, en ese momento los veía muy altos, deberían tener un metro de alto- que sonaban como locos y todo el barrio sabía cuando papi quería escuchar "Los Palmeras" o "Los Guaguancó".
Ma-mi-ta.
Para recordar, recordemos con ganas. Aquí les presento un clásico de esos tiempos: El Cuarteto Imperial.
Sería interesante que continúes leyendo lo que viene más abajo con esta música de fondo y volvemos unos veinticinco años para atrás, debajo de la parra del patio:
-"Escuchá Avispi, escuchá Abeji". Ahí nomás mi viejo apretaba los dientes, se mordía el labio y cogoteaba para delante. Yo permacía sentada en una sillita de madera amarilla, él, simulaba tener un güiro invisible y me hacía el sonido con la boca: tsh, tsh, tsh, tsh, tsh, tsh.
-"¡¡Bajá eso Julio!! -mi mamá- ¡Ya empezaste con la música! Es la hora de la siesta, la gente está durmiendo, chee".
Y papi que no quería saber nada, no le importaba si era la hora de la siesta, ni el calor que hacía, ni si el mundo se podía venir abajo. El quería escuchar su Cuarteto Imperial. A unas pocas cuadras del pueblo retumbaban los bafles de Julio.
Temblaban las uvas de la parra azotadas por el calor, maduras. Colgaba de un alambre la rejilla-parrilla, con algunas brasas del domingo. Retumbaban los ladrillos gastados del patio, casi verdes, casi rojos.
-"Dejalo, Celia -la nona- dejalo que escuche"... y cabeceaba hacia mi viejo, negando no se qué cosa, haciendo un movimiento con la mano que no se entendía, una mezcla entre "dejalo" y "Que Dios nos libre y nos guarde".
La nona encendía el lavarropas, un tambor de chapa que se zarandeaba todo el día. La perra Colita que se echaba en la sombra.
Entonces mi papá se aburría y cambiaba a Sebastián:
Este tema era uno de sus preferidos. La sonrisa se le dibujaba en el medio de la cara. Los dientes le brillaban de alegría, cantaba y sacudía su cadera. Aplaudía. Lo bailaba como él quería. Lo aplaudía.
Este tema me lleva, de pronto, al club. Yo me quedaba con los otros chicos jugando por ahí a la mancha o a la escondida, mientras los grandes bailaban en ronda. Cuando paraba para tomar un poco de aire o un vaso de Coca lo veía a mi viejo, sobresaliendo, marcando el pulso. Todas querían bailar con mi papá, y él, sí, él bailaba con todas. Yo era chica, hoy me doy cuenta que de su cuerpo "salían chispas", en esos momentos de baile toda su humanidad le encantaba a las mujeres. Los momentos felices generan un especial interés en las personas que nos rodean. El era feliz en las pistas.
Me había comprometido con José y Mario a darle un toque de humor, lo quise hacer al principio... terminó en nostalgia.
Lo dejo así, lo dejo como salió. Me perdono por no atender a la consigna.
¿Cómo termina esta historia? Luego de esta infancia con tanta cumbia, mis hermanas bailan Salsa y a mí me gusta el Rock.
Mi viejo sigue bailando cumbia, un poco más gordo y aunque viejo, sigue encantando a las mujeres.
...La poesía de Bukowski, al que le gustaba vanagloriarse de haber escrito su primer poema con 35 años, está marcada por un realismo descarnado y lírico a un tiempo, explícito, tierno en ocasiones y brutal en otras, abundante en datos autobiográficos, personalísimo y pleno de humor ácido y desencantado. Como sus narraciones, sus poemas son vitales y vitalistas, pero también muy mortales y están llenos de drogas, alcohol y sexo. Gracejo, profundidad, cultura y humor, todo ellos envuelto en un lirismo que a veces es hondo y a veces remeda la superficialidad sin conseguirlo. Nunca abandonó su producción en verso que, con los años, se fue haciendo más directa, más sobria, como en El amor es un perro del infierno (1974) o La última noche de la tierra (1992). Bukowski escribió más de 30 poemarios, que le han acreditado como gran poeta.
Murió en 1994, a los 74 años, una edad sorprendente para alguien que llevó semejante estilo de vida. Su gran aporte a la literatura estadounidense, y a la literatura en general, fue su honestidad y su búsqueda de una literatura menos artificial, más viva.
Umberto Cobo, del Prólogo de "Antología" de Charles Bukowski Los mejores de la raza No hay nada que discutir no hay nada que recordar no hay nada que olvidar es triste y no es triste parece que la cosa mas sensata que una persona puede hacer es estar sentada con un copa en la mano mientras las paredes blanden sonrisas de despedida uno pasa a través de todo ello con una cierta cantidad de eficiencia y valentía entonces se va algunos aceptan la posibilidad de Dios para ayudarles en su paso otros lo aceptan como es y por estos bebo esta noche. Charles Bukowski
Y utilizo esta nota para llegar a la siguiente.
Doy este paso para poder dar el que parece está adelante, invento un puente, cruzo descalza.
Me engaño, aquí no pasó nada, evito.
Llego, llego -o de mentira- a la próxima estación. Llego igual. En vez de caminando, paso volando. No quiero mirar el paisaje, esta vez no quiero. Quiero llegar hasta ahí.
Me estiro, me hago de goma. Desaparezco y me re-construyo en la siguiente. Del otro lado.
Invento palabras para crear el camino, el puente de antes, el que cruzo descalza.
No espero más. No quiero esperar hasta mañana. Me hago de goma. Me invento un puente.
Allá voy. Nota número 100. Esperame. Estoy yendo.
Esto es un invento. Me hago de goma.